Nos hemos mudado

1 llllVuelvo a una bitácora con hospedaje gratuito, lo que puede significar que os deslicen anuncios de vez en cuando entre mis artículos.

En mi propio hosting este blog me da muchos quebraderos de cabeza que no sé resolver, y hasta provocó que se cayera el servicio durante unas horas el día de ayer.

Escribo sólo para compartir y no pretendo nada más. Sé que el tema del duelo es delicado y no me gusta que aparezcan anuncios relativos a ansiedad y depresión, o a cosas banales que no tienen nada que ver con nuestro dolor, pero lo siento mucho, no puedo hacerlo de otra manera.

Seguiré aquí una temporada. Al menos hasta que descubra cómo seguir en mi hospedaje sin consumir tantos recursos que se cuelgue, o hasta que encuentre a alguien que lo haga por mí.

Gracias por pasar por aquí. Son cientos de miles las visitas recibidas. Espero que nos sigamos leyendo. Un abrazo.

Ansiedad, Nena, esto es de lo más normal

1 llllUna de cada seis personas en el mundo sufrirá un trastorno de ansiedad durante al menos un año en el transcurso de su vida

Este libro es una joya. Y eso que, al principio, resulta un poco árido, un poco espeso. Pero les recomiendo perseverar, porque enseguida se pone estupendo. Me refiero a Ansiedad, miedo, esperanza y la búsqueda de la paz interior (Seix Barral) de Scott Stossel, un periodista norteamericano cuarentón que vive asediado por las crisis de ansiedad, que pueden atacarle en cualquier momento y dejarle tembloroso, taquicárdico e incapaz de hablar. Además padece miedo a los espacios cerrados (claustrofobia), a la altura (acrofobia), al desmayo (astenofobia), a quedar atrapado lejos de casa (al parecer es una variante de la agorafobia o miedo a los espacios abiertos), a los gérmenes (bacilofobia), a hablar en público (un tipo de fobia social), a volar (aerofobia), a vomitar (emetofobia), a vomitar en un avión, cosa que, para él, debe de ser como una manía al cuadrado (aeronausifobia) y, por último, hasta le tiene miedo al queso (turofobia), una obsesión rarísima que ya me parece la repanocha.

Como comprenderán, yo, que soy una ansiosa de manual, y que he sufrido tres grandes crisis de angustia clínica en mi vida, a los 17 años, a los 21 y a los 30, me he abalanzado sobre este ensayo como cerdita sobre charca de lodo. Y debo decir que el pobre Scott es tan catastrófico que, de entrada, su ejemplo puede animar muchísimo a los ansiosos más medianos. Que, por cierto, son (o somos) legión. Según los últimos estudios citados en este libro, se calcula que una de cada seis personas en el mundo sufrirá un trastorno de ansiedad durante al menos un año en el transcurso de su vida.

Sé que al otro lado de estas páginas hay mucha gente devorada por el ogro de la angustia”

Y sufrir un trastorno de ansiedad no es estar un poco nervioso ni sentirse preocupado por algún problema de tu vida. Una crisis clínica cursa con síntomas aparatosos y es inhabilitante mientras dura. Recuerdo mi primer ataque de angustia a los 17 años: estaba viendo la televisión una noche, tras la cena, en el comedor vacío de la casa de mis padres, cuando de repente el mundo se alejó de mí, como si estuviera contemplando la realidad a través de un telescopio; es decir, el comedor estaba todavía ahí, pero lejísimos (luego supe que esto se denomina efecto túnel y que es bastante habitual); inmediatamente me entró un ataque de terror absoluto, con el agravante de que ni siquiera sabía a qué le tenía miedo. Me castañeteaban los dientes, me temblaban las piernas, me entrechocaban las rodillas. Como lo que me sucedía era incomprensible, deduje que me había vuelto loca y eso aumentó el pánico. Además, era incapaz de explicar lo que me pasaba. No podía hablar, no podía comunicarme. Porque la esencia de todo trastorno mental es la soledad, una soledad tan colosal que resulta inimaginable si no la conoces, si no has estado ahí. Una soledad de astronauta vagando perdido en el espacio intergaláctico.

En la España de fines de los sesenta y en mi clase social, la gente no iba al psiquiatra; de modo que me pasé la crisis a pelo, sin un solo ansiolítico. Estaba a punto de entrar en la universidad y decidí hacer Psicología para intentar entender lo que me pasaba. De hecho, tengo la teoría de que la mayor parte de los psiquiatras y psicólogos se dedican a eso porque, de jóvenes, temieron estar locos. Lo cual, por otra parte, no es malo en sí mismo: al contrario, puede proporcionar un mayor entendimiento y una cercanía con los pacientes. En cualquier caso, estudié un par de años de Psicología y ahí aprendí que las crisis de angustia, aunque espectaculares, son como la gripe de los trastornos mentales; básicas, muy comunes y, pese al sufrimiento que producen, muy leves. Conocer todo esto me hizo ir perdiendo el miedo al miedo; ya sabía que de las crisis se regresaba, que no me iba a quedar ahí atrapada, que eran algo transitorio. El irme aceptando como era y, sospecho, el empezar a publicar mis textos en torno a los treinta años (porque escribir te cose, te une al mundo), hizo que las crisis se acabaran. Hace tres décadas que no sufro ninguna. Pueden volver. No me apetecen, pero no las temo. Y hasta les estoy agradecida por haberme enseñado el espacio exterior mental, ese lugar inhóspito y aterrador de la dolencia psíquica. Cosa que me ha hecho conocer mejor al ser humano. Cuento todo esto, como Scott cuenta sus tremendas, agobiantes y a menudo desternillantes experiencias, porque sé que al otro lado de estas páginas hay mucha gente devorada por el ogro de la angustia. Personas que se sienten perdidas, que se creen morir, que piensan que se les ha ido la cabeza para siempre. Y que son incapaces de hablar de ello. A mí, a los 17 años, me hubiera servido de mucho que alguien me dijera: nena, esto es de lo más normal; respira tranquila y espera a que se pase. Así que aprovecho el estupendo libro de Stossel para decirlo ahora.
Rosa Montero en El País

La pérdida de un hijo, el duelo que no se termina de superar

duelo11

No hay pérdida más antinatural que la de un hijo. El dolor que produce es distinto a cualquier otro, según afirman quienes acompañan a esos padres. El arrebato súbito que les produce una enfermedad inesperada , un hecho de inseguridad o un accidente los empuja a un duelo para el que nadie está preparado. Las reacciones son tan infinitas como individuales. No existe un patrón ni una receta universal para salir adelante. Pero el acompañamiento de la familia, la escucha y el espacio necesario para llorar la pérdida física son fundamentales para los padres. La asistencia profesional, cuando se necesita, ayuda con los sentimientos de culpa, odio, angustia o temor al olvido…

Una pareja que acababa de perder a su bebe decidió tatuarse una imagen del pequeño que les permitiera de por vida tener presente a ese hijo aun en caso de un nuevo embarazo. “Lo hicieron como una manera de que les quedara marcado en el cuerpo; tenían miedo de olvidarlo -comentó la licenciada Marisa Russomando, especialista en maternidad y crianza-. Los padres saldan algo de ese duelo con culpa, pero es importante que sepan que se puede articular ese dolor con la vida, que no queda detenida. La mayoría puede volver a retomarla con el dolor a cuestas.”

Para el equipo de psicólogos de la Fundación Axel Blumberg, el dolor por la muerte de un hijo no se supera. Se puede sobrellevar y aprender a convivir con él. “No se puede pretender, como en el duelo normal, que se supere en dos o tres años. No hay límite de tiempo: lo que se les dice a los padres es que no se trata de dejar de amar al hijo, sino de aceptar su ausencia física y reorientar todo ese amor hacia otras personas o actividades”, indicaron desde el gabinete de asistencia psicológica de la fundación.

Así, algunos padres fundan organizaciones para promover cambios y ayudar a los demás, otros deciden tener otro hijo y otros, cuando se trata de un caso de inseguridad, depositan toda su energía para que se condene a los que mataron a sus hijos.

“Hay muchas personas que quieren saltearse el duelo, pero esto puede desencadenar el duelo patológico, un proceso que se manifiesta con síntomas físicos y emocionales, como fatiga, astenia, depresión, manía, aislamiento, entre muchos otros. Hay que acompañarlos para encauzar esa energía, redistribuirla en la vida, incluido el proyecto de un nuevo hijo”, dijo Russomando, que aclaró que eso no se trata de traer otro hijo para reemplazar la pérdida “porque cada uno tiene derecho a ocupar un lugar saludable” en la familia. “Es necesario que primero procesen el duelo de ese hijo que no estará y dejar terreno para que si llega otro hijo ocupe su lugar, sin sustituir a nadie”.

El equipo de asistencia psicológica de la Fundación Axel Blumberg aconseja la terapia de grupo para los padres que perdieron un hijo.

“Se sienten incomprendidos porque creen que nadie los puede entender -precisó una de las psicólogas, que prefirió hablar en nombre del equipo de trabajo-. Comparten el sufrimiento con quienes pasaron por la misma experiencia y eso los ayuda a atravesar un dolor que no desaparecerá nunca más. Por eso hay que acompañarlos y escucharlos.”

Russomando, que afirmó que “nadie puede saber cómo reaccionará ante una pérdida hasta que no se encuentra frente a ella”, enumeró las etapas del duelo, que varían según cómo cada adulto vaya sobrellevando su dolor. Son: el registro de la pérdida, la adaptación, la elaboración, la convivencia saludable y el vínculo con el hijo perdido a través de sus recuerdos o sus dichos. “Es muy importante atravesar estas etapas para poder continuar con una vida emocional saludable”, aseguró la especialista.

Pero, ¿cuándo es el momento de consultar con un profesional?

Desde la Fundación Blumberg respondieron que es “cuando un familiar percibe un estado de depresión generalizado”, pero recomendaron la contención familiar desde el primer instante. Y Russomando detalló: “Cuando aparecen manifestaciones que llaman la atención y los familiares o amigos las resumen con frases como «es como si la pérdida no le afectara», «elaboró el duelo demasiado rápido» o «ni lo/a nombra»; cuando se percibe que no pueden continuar con la vida habitual; cada vez que los padres sienten que no pueden seguir adelante solos o que necesitan orientación para acompañar a los otros hijos, o frente a nuevos síntomas físicos y/o emocionales afectivos”.

La Nación

Los seres queridos, ¿se despiden desde el más allá?

¿Por qué la ciencia se empeña en poner barreras a las evidencias más incontestables, buscando explicaciones insostenibles, en un vano intento de ocultar la esencia de nuestro ser?

Miles de años hacen que el hombre conoce la espiritualidad y su transición por las vidas pasadas y futuras de su alma.

Negar esto, sólo supone seguir avanzando por la senda equivocada alejada más y más de nuestra consciencia de seres universales.

(CNN) —  Nina De Santo estaba a punto de cerrar su estética en Nueva Jersey una noche de invierno, cuando lo vio de pie junto a la puerta de cristal del frente del salón.

Era Michael, un cliente de voz suave cuya esposa recientemente había tenido un romance con su hermanastro y se había divorciado de él, para después quedarse con la custodia de sus dos hijos.  Estaba destrozado emocionalmente. De Santo había tratado de ayudar escuchando sus problemas, dándole ánimos, y llevándolo a tomar unas copas.

Cuando De Santo abrió la puerta aquella noche del sábado, Michael estaba sonriendo. “Nina, no puedo quedarme mucho tiempo”, dijo, permaneciendo en el umbral. “Sólo quería pasar por aquí y darte gracias por todo”. Conversaron un poco más antes de que Michael se marchara. El domingo recibió una llamada: al menos nueve horas antes de que ella hablara con él en su salón, el cadáver de Michael había sido encontrado. Se había suicidado.

Si Michael estaba muerto desde el sábado por la mañana, ¿con quién o con qué habló ella el sábado por la noche?

“Fue muy bizarro”, dijo acerca del encuentro que ocurrió en 2001. “Pasé por un periodo de incredulidad. ¿Cómo puedes decirle a alguien que viste a este hombre, tan sólido como siempre, entrar y hablar contigo, pero que estaba muerto?”

Hoy en día, De Santo tiene un nombre para lo que sucedió esa noche: aparición en crisis. Ella se topó con el término al leer acerca de actividades paranormales después del incidente. De acuerdo con investigadores de lo paranormal, una aparición en crisis es el espíritu de una persona recientemente fallecida que visita a alguien con quien tenía una estrecha relación emocional, por lo general para decir adiós.

Los informes de estos encuentros espeluznantes se están materializando en grupos de discusión en línea, en libros como Messages (Mensajes) y en grupos locales de cazadores de fantasmas en todo Estados Unidos.

A pesar de que estos encuentros son escalofriantes, también pueden ser reconfortantes —dicen testigos e investigadores paranormales—, ya que sugieren que el vínculo que existe entre los seres queridos no se borra con la muerte.

“No sabemos qué hacer con estas historias. Algunas personas dicen que son prueba de que hay vida después de la muerte”, asegura Steve Volk, autor de Fringe-ology, un libro sobre experiencias paranormales como la telepatía, los psíquicos y la caza de fantasmas.

La investigación científica acerca de las apariciones de crisis es escasa, pero abundan las teorías.

Una teoría: una persona en crisis —alguien gravemente enfermo o muriendo— telepáticamente transmite una imagen de sí mismo a alguien con quien tiene una estrecha relación, pero por lo general no saben que está enviando un mensaje.

Otros sugieren que las apariciones en crisis son ángeles guardianes enviados para consolar a los afligidos.

Una tercera teoría dice que todo es un truco del cerebro:la gente que está en duelo inconscientemente produce apariciones para consolarse a sí misma tras perder a un ser querido.

Un vínculo telepático entre los seres queridos

Sea cual sea la fuente de estas apariciones, a menudo no están limitadas a visiones. El espíritu de un muerto puede comunicarse con un ser querido a través de algo tan sutil como el olor repentino de un perfume favorito, dice Volk.

Sigue leyendo

¿A dónde va la conciencia después de la muerte? La ciencia tiene nuevas hipótesis

conciencia tras la muerte

Alejandra Pizarnik

La muerte no es un estado sino un proceso: desde el punto de vista médico, la muerte clínica no ocurre en un instante preciso, sino que se compone de una serie de condiciones que se dan paulatina y no simultáneamente. Durante un paro cardiaco, las células de tu cuerpo aún no se dañan por la falta de oxígeno; durante 50 años se creyó que la resucitación cardiopulmonar (RCP) sólo podía hacerse durante los primeros 10 minutos posteriores al evento –pero hoy se sabe que este periodo puede extenderse hasta 40 minutos o más sin daño para el cerebro. Por ello, desde un punto de vista médico, la muerte es reversible.

En ese lapso de tiempo que la gente pasa “en alguna parte” (es decir, entre la inconsciencia del infarto y la vuelta a la conciencia después de la resucitación) el debate sobre lo que ocurre es amplio y admite más preguntas que respuestas. Sam Parnia es médico y recientemente escribió el libro Erasing Death: The Science That Is Rewriting the Boundaries Between Life and Death (“Borrando la muerte: la ciencia que está reescribiendo las fronteras entre la vida y la muerte.) Recientemente concedió una entrevista para la revista Wired donde aborda algunos puntos que modifican nuestro entendimiento de la muerte y nos abren muchas más preguntas por resolver.

“La evidencia que tenemos hasta ahora es que la conciencia no se aniquila. Continúa por unas horas, aunque en un estado de hibernación que no podemos ver desde fuera.” Parnia ha trabajado por años en salas de emergencia, además de ser investigador de la conciencia en el periodo después-de-la-muerte, como él la llama, que hasta ahora ha documentado eventos de este tipo en más de 25 hospitales de EU y Europa.

La evolución de lo que los médicos saben ha sido la clave para mejorar las técnicas de resucitación durante el último medio siglo. Hoy en día, por ejemplo, se sabe que bajar la temperatura del cuerpo mientras se le practica RCP ayuda a proteger el cerebro de daño cerebral debido a la falta de flujo sanguíneo, a la vez que da más tiempo al equipo de resucitación para trabajar. Mientras estos procedimientos siguen mejorando, mucha gente alrededor del mundo ha relatado experiencias sensoriales y de gran paz.

La gente tiene a interpretar lo que ven según su procedencia: un hindú describirá un dios hindú, un ateo no ve un dios hindú o al dios cristiano, sino algún ser. Diferentes culturas ven las mismas cosas, pero su interpretación depende en lo que crean.

Para Parnia, el hecho de que la conciencia continúe funcionando en un periodo de baja intensidad durante algún tiempo después de que el corazón se detiene no implica que toda la gente experimente y cuente las mismas vivencias sensoriales; pero a pesar de las diferencias, cree que el saber que estas experiencias existen en todos los casos debería ayudarnos a aceptar la muerte como algo mucho más amable y tranquilizante de lo que usualmente se le piensa.

Es tal vez el miedo al dolor y a la incertidumbre sobre las circunstancias lo que nos vuelve aprehensivos frente a la idea de morir; pero la ciencia está demostrando que al menos los primeros instantes después de que desaparecen las funciones cardiacas no es tan aterrador después de todo.

A través de la historia, tratamos de explicar las cosas de la mejor manera que podemos con las herramientas de la ciencia. Pero científicos más objetivos y de mente más abierta reconocen que tenemos nuestras limitaciones. Sólo porque algo es inexplicable para la ciencia actual no significa que sea supersticioso o equivocado. Cuando la gente descubrió el electromagnetismo, fuerzas que no podían ser vistas o medidas, muchos científicos se burlaron.